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Avanzando en la personalización del tratamiento

Un mejor conocimiento de la biología de los tumores ha permitido el desarrollo de terapias diseñadas para abordar características específicas de la enfermedad.

Los soldados que habían sido expuestos al gas mostaza dieron la primera clave. Al estudiarse sus efectos, se comprobó que el agente químico, que debutó como arma en la Primera Guerra Mundial, no sólo producía síntomas como irritación, quemaduras y ceguera, sino que también una dramática disminución de los niveles de glóbulos blancos. Esto llevó a plantear que, si el gas mostaza aniquilaba células normales, quizás fuera útil haciendo lo mismo con las malignas. En 1942, la aplicación de mostaza nitrogenada en un paciente con un avanzado linfoma —tipo de cáncer a los ganglios— se convirtió en la primera quimioterapia.

Dr. Carlos Gallardo, oncólogo del Instituto Oncológico FALP.

Desde ese primer uso, la quimioterapia evolucionó a lo largo del tiempo hasta lograr que, en muchos casos, el cáncer se convirtiera en una enfermedad con mayores expectativas de sobrevida e, incluso, curable.

“El gran desarrollo de los citotóxicos fue en los años 80 y 90. Actualmente, el trabajo está más enfocado a tener drogas que sean similares a las existentes en términos de efectividad, pero con menos toxicidad, o que puedan administrarse por nuevas vías, ya que hoy la mayoría son endovenosas”, describe el Dr. Carlos Gallardo, oncólogo del Instituto Oncológico FALP.

A la par, dice el especialista, se han destinado esfuerzos para aplacar los efectos adversos producto de la quimioterapia: al no ser un tratamiento específico para las células cancerosas, genera una serie de problemas no deseados en el organismo. “La quimioterapia citotóxica ha tenido muy mala imagen por esto, pero se han desarrollado medidas de soporte de los síntomas asociados a ella: hay medicamentos para el control de las náuseas, la diarrea o las infecciones que han mejorado en general la tolerancia al tratamiento”.

El Dr. Gallardo afirma que, si bien han surgido nuevas terapias antineoplásicas o anticáncer que han demostrado ser menos tóxicas y más eficaces en determinados cánceres, la quimioterapia no ha perdido su utilidad.

Es aún irremplazable en muchas situaciones y, por otro lado, sigue siendo un acompañante de otros tratamientos que han ido apareciendo, lo que permite potenciarlos. La quimioterapia sigue teniendo un rol importantísimo en el manejo del paciente con cáncer y no es que esté pasada de moda, sino que se le está encontrando un uso más racional. Por ejemplo, ya sabemos que hacer tratamientos acortados en ciertos grupos de pacientes de cáncer de colon da resultados similares a tratamientos más largos”.

LAS PROYECCIONES

El cáncer es una enfermedad genética, ya que obedece a ciertas mutaciones que alteran el funcionamiento celular. Debido a esos cambios, una célula adquiere 

la capacidad de dividirse de manera anormal, multiplicándose sin control, formando tumores e invadiendo tejidos distantes. Por otra parte, algunas de esas células cancerosas logran escapar al control del sistema inmune, el que falla en su tarea de reconocerlas y atacarlas.

En las últimas décadas, los tratamientos oncológicos han avanzado de la mano de las investigaciones que han permitido afinar el conocimiento de las células cancerosas. El estudio de la biología tumoral ha llevado el foco hacia una personalización de los tratamientos: si se conoce la mutación que genera la enfermedad y las principales alteraciones que provoca, estas pueden atacarse más directamente. Como ejemplifica el Dr. Gallardo, “no todos los cánceres de pulmón son iguales, en algunos existe una mutación puntual en los que funciona muy bien una droga y otros en los que anda bien otra”.

Es el principio de las llamadas terapias blanco, diana o target. “Con ellas no se produce una muerte completa de la célula, sino que una restricción a su crecimiento. En general, los pacientes se mantienen de por vida con esa droga, que tiene toxicidades muy manejables”, explica el especialista.

Las terapias biológicas son otro de los mayores avances. La inmunoterapia actúa ayudando al sistema inmune para que ataque al cáncer, funcionando mejor en los tumores que expresan mayor cantidad de proteínas extrañas al organismo —como el melanoma—, ya que al “despertar” al sistema inmune, le resulta más fácil reconocerlos.

Uno de los logros de la inmunoterapia es la “cronicidad” de la enfermedad. “Vemos que un porcentaje de los pacientes con respuesta sostenida a la inmunoterapia han logrado mantener el cáncer controlado aún después de un tiempo suspendida. Es difícil decir que están curados, pero se podría considerar que su enfermedad se ha convertido en una especie de patología crónica con la que pueden convivir”, comenta el Dr. Gallardo.

El desafío de ahora en adelante, según se concluyó en la más reciente reunión anual de la Sociedad Americana de Oncología Clínica (ASCO), es mejorar el acceso. “Es necesario controlar los costos de estas drogas, porque definitivamente llegaron para quedarse”, afirma el Dr. Gallardo, quien explica que su proyección va por tres carriles.

Uno es avanzar en la personalización del tratamiento; este desarrollo de drogas nuevas irá creciendo, se van a ir encontrando nuevos targets que nos permitirán tratar mejor a determinados subgrupos de pacientes con terapias muy específicas para ellos. Otro es ir en busca de combinaciones y secuencias que sean más útiles: por ejemplo, si para un determinado cáncer parece ser mejor aplicar la inmunoterapia en conjunto con quimioterapia, cuál de las dos debe administrarse primero y cuál después para prolongar el beneficio del tratamiento. Y por último, conseguir las mejores combinaciones no sólo de las terapias neoplásicas entre sí, sino además con otras modalidades de tratamiento, como cirugía y radioterapia

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