¿Por qué es importante el amor en el paciente oncológico?

La compañía del entorno familiar y el trato de los profesionales que atienden a una persona con cáncer tienen un impacto en su forma de enfrentar su tratamiento.

A todos, al nacer, nos otorgan una doble ciudadanía, la del reino de los sanos y la del reino de los enfermos. Y aunque preferimos usar el pasaporte bueno, tarde o temprano cada uno de nosotros se ve obligado, al menos por un rato, a identificarse como ciudadano de aquel otro lugar”, escribió Susan Sontag en su libro “La enfermedad y sus metáforas”, cuando sobrevivía al primero de los tres cánceres que le diagnosticarían a lo largo de sus 71 años. Hace unos meses, el doctor estadounidense Lawrence H. Einhorn se tomó de esas palabras para, en el periódico de la prominente Sociedad Americana de Oncología Clínica, publicar lo siguiente: “Es difícil realizar ese viaje como un pasajero solitario. El amor, en todas sus manifestaciones,ayuda a dar consuelo y una sensación de paz no sólo a los pacientes, sino también a sus familias”.

En su artículo “El amor en los tiempos del cáncer”, este laureado oncólogo clínico, una eminencia en cáncer testicular, revela que sus más de 40 años de carrera lo han guiado a la siguiente conclusión: lo que lleva a un paciente a enfrentar con fe y determinación su enfermedad es, precisamente, el amor. “No puede vencerlo todo –eso lo sabemos muy bien-, pero puede entregar consuelo en momentos preocupantes e impredecibles”, plantea.

“Desde mi experiencia profesional, he observado cómo el amor beneficia a un enfermo”, comenta Paola San Martín, psico-oncóloga del Instituto Oncológico FALP. “El entorno afectivo del paciente oncológico puede impactar mejorando su calidad de vida, la aceptación de la enfermedad, la manera de afrontarla y en que tenga un mayor compromiso con su tratamiento, lo que influye en su recuperación. El afecto produce cambios: cuando hay un cuidado amoroso, la oxitocina, hormona asociada al amor y el bienestar, aumenta en la persona que lo recibe”.

RESPUESTA VIRTUOSA

De la mano del amor surge la compasión, concepto que ha ido tomando un lugar en la atención y cuidado de los pacientes de parte de los equipos de salud. Ejemplo de ello es la existencia del Centro para el Estudio e Investigación de la Compasión y el Altruismo, fundado en 2008 al alero de la Escuela de Medicina de la Universidad de Stanford.

“En el MD Anderson Cancer Center, el Dr. Eduardo Bruera hizo un estudio de cómo el paciente sentía más compasivo a su médico. Y esto el doctor podía lograrlo con algo tan simple como mover una silla para a su lado y no lejos”, cuenta Paola San Martín.

Lo primero que se debe aclarar es que, si bien el término compasión suele utilizarse como sinónimo de lástima, aquí se está hablando de lo opuesto. En esa línea, especialistas de instituciones canadienses investigaron cómo pacientes paliativos interpretaban y experimentaban la lástima, empatía y compasión, tres reacciones posibles por parte de los equipos de salud durante su cuidado.

El estudio, publicado en la revista “Medicina Paliativa” de la Asociación Europea de Cuidados Paliativos, arrojó que la lástima es considerada una respuesta “inútil”, “un reconocimiento superficial del sufrimiento, que envuelve una reacción basada en la pena” y que parece enfocarse “más en aliviar la angustia del observador frente al sufrimiento del paciente, que la angustia del paciente”. En cambio, la empatía se valoró como un cálido intento por entender el estado emocional del enfermo. La respuesta preferida fue la compasión: contiene la conexión emocional propia de la empatía, pero además se le atribuyeron características como ser motivada por el amor y la ejecución de pequeños actos que van más allá de lo obligatorio –sentarse más cerca, por ejemplo-. En resumen, es una “respuesta virtuosa” que busca hacer algo frente al sufrimiento y necesidades del otro. La clave de la compasión es la acción.

“La lástima no genera cambios; la compasión sí. Cuando uno se vincula desde el amor siente compasión y cuando lo hace desde el temor, siente lástima”, dice la Dra. Pilar Arranz Carrillo de Albornoz, psicóloga clínica y de la salud, quien trabajó por 30 años en el Servicio de Hematología y Hemoterapia del Hospital Universitario La Paz de Madrid. “La base de la compasión es el amor, que es la emoción positiva por excelencia. Es lo que nos vincula con los demás y con nosotros mismos para desarrollar esa bondad, verdad y belleza que nos pertenecen a todos como humanidad compartida que somos. El afecto ayuda a expandir nuestros recursos”, añade la especialista española.

En Chile, dice la psicóloga de FALP Paola San Martín, estos conceptos están siendo abrazados de a poco por las instituciones de salud: “Con esto ha colaborado bastante la Ley de derechos y deberes 20.584, que estimula a ver al paciente más como persona que como enfermo. También es interesante el giro hacia las unidades de cuidados intensivos humanizadas, como la que existe en FALP”.

“El desarrollo de la humanización del cuidado se ha dado entre otras cosas porque, con el trascurso del tiempo y el devenir de las terapias, el foco se ha trasladado a hacer tratamientos, olvidando muchas veces que lo propio del quehacer médico es la compasión y la empatía con el paciente”, explica el Dr. Cristián Pérez, jefe de la Unidad de Paciente Crítico de FALP. “Eso es lo que tratamos de volver a poner como pieza principal, brindar confort al enfermo y su familia, explicarle claramente qué podemos y no podemos hacer por él. En ese contexto, lo que siempre podemos ofrecer es alivio y un trato respetuoso y cariñoso. Eso no se aprende en los libros, sino que en la vida, en la casa y es parte fundamental de lo que todos los días debemos aplicar como una de las premisas en el tratamiento del enfermo”.

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